domingo, 7 de diciembre de 2008

La sombra del viento

Yo he leído “La sombra del viento”. Si alguien me preguntó hace 5 años cual era mi libro favorito nombré al susodicho. Curiosamente, si ese mismo alguien me pregunta por qué me gustó o me pide que explique el argumento, no sabré qué decir. Hete aquí la diferencia entre los libros que marcan tu vida y los que no. Sin embargo, ahora me serviré de él (lo sé, soy un parásito sin escrúpulos pero no nos perdamos en trivialidades). El caso es que lo único que recuerdo de mi supuesto “libro favorito” de antaño es un personaje entrañable que regalaba Sugus y cuyo nombre, como no podía ser de otra manera, estará en alguna parte de esa masa pegajosa y compacta que constituye el olvido por desinterés. Los caramelos son buenos y breves. Hay quien prefiere los chicles, esa goma continua, perenne, que se perpetúa en la boca aunque haya perdido todo el sabor. Evitaré el debate sobre qué golosina es mejor, es largo y en ocasiones puede resultar infructuoso. Lo que estoy intentando decir desde el principio es que me gustan las personas que te regalan caramelos. Que te los dejan sobre la mesa para que los cojas cuando quieras. Todos deberíamos tener un (¡oh prodigio de memoria!) Fermín Romero de Torres en nuestras vidas.

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